El hombre miró las llamas que salían del edificio con un silencio devoto, como siempre lo hacía al terminar su trabajo, admirando el compás sublime de la danza mortuoria de lo material en brazos de sus amadas flamas. Se había asegurado de que su ropa se mantuviera impecable, y lo único que permitía en su frente eran unas cuantas gotas de sudor.
La gente salió del edificio gritando y atropellándose unos a otros, tratando de huir del fuego.
Gabriel, mejor conocido como “Butano”, era un incendiario a sueldo que disfrutaba su trabajo un poco más de lo necesario. Al grado de una escondida, pero tenebrosa, piromanía.
Era meticuloso y preciso. La bestia implacable del fuego, parecía someterse a los deseos de ese hombre que le daba origen.
Sus servicios eran requeridos para forzar desalojos y fraudes de seguros; La sed corporativa es grande. La aseguradora pagaría mucho más de lo que costaba el edificio ¬que no habían logrado desalojar en mucho tiempo¬ y el beneficiario no tenía ninguna intención de reconstruirlo.
Todo iba de acuerdo al plan. El edificio había comenzado a consumirse en el orden preciso para no provocar ninguna fatalidad. Su trabajo había sido tal, que la propagación de las llamas daba el tiempo necesario a los inquilinos para evacuar el inmueble. Todos lograron salir, excepto una.
Gabriel se encontraba observando su obra desde una van, estacionada a quinientos metros del edificio en cuestión. Siempre se quedaba hasta que llegaran los bomberos, finalmente ¿Qué caso tiene ser incendiario si no puedes deleitarte con las llamas que tanto amas? Butano acostumbraba exaltar en su creación ese afán reprimido de piromanía que tanto buscaba ocultar, argumentando que sólo se traban de negocios. Sólo eso. Un simple empleo que le daba de comer.
Otra acostumbrada práctica en sus trabajos era el de llevar un conteo de la gente que evacuaba el inmueble, asegurándose de que todos salieran con bien. Ser incendiario no era ser un asesino.
En esta ocasión, algo no estaba bien, contó la gente que histérica iba saliendo, pero aún faltaban. Hacía tan sólo unos minutos, los inquilinos de los cinco departamentos se encontraban ya afuera, viendo como el que había sido su hogar por un corto, mediano o largo periodo, se extinguía en la penumbra de la noche. Comenzó a pasar lista. Faltaban dos personas. Aquellas chicas que habitaban el departamento número cinco.
Su método era prácticamente infalible. Cual alquimista, debía mezclar los líquidos en proporciones adecuadas, justas para generar el tamaño de llama inicial que se esperaba, luego colocar la mezcla cerca de la circuitería eléctrica, luego generaba las réplicas de un piso a otro, siempre de arriba para abajo, asegurándose de esa manera que la gente lograra salir. Para el orden de las llamas utilizaba unos pequeños detonadores eléctricos que se consumían con las llamas evitando ser detectados por los peritos. Y finalmente metía otro dispositivo a una caja de fusibles, el cual generaba una sobrecarga en la línea, haciendo pensar a todos que había sido causado por un corto circuito. Lo que más le gustaba eran las explosiones causadas por gas, pero para estos trabajos era muy difícil de controlar y causaban una gran explosión. En su método, el fuego progresivamente iba tomando las áreas elegidas y expandiéndose finalmente sin control.
Gabriel volvió a mirar desde la van con unos binoculares. Efectivamente, las del cinco seguían sin salir. Ya meses antes había hecho una investigación para asegurarse de quienes eran los inquilinos de aquel edificio. No sólo en número, sino también en sus hábitos. Uno a uno, Butano había seguido y anotado minuciosamente cada una de sus actividades. Los del departamento 1, gustaban de ir al cine los miércoles, pasear por el parque cercano los jueves, e ir al teatro los viernes. Se había enterado de que el hombre se había quedado recientemente sin trabajo y que se encontraba buscando uno.
Los viejitos del 2, eran una pareja que se había casado desde que ambos tenían 16 años. El fue un héroe de guerra, y ella una enfermera que había trabajado en las trincheras, auxiliando a los soldados caídos o heridos durante aquel conflicto armado. El hombre, parecía seguir gozando de buena salud, mientras que la mujer, sufría de osteoporosis. Fue necesario que Gabriel calculara el mayor tiempo posible para que aquella mujer pudiera bajar antes de que las llamas consumieran el edificio. Tenían nietos, bisnietos y tataranietos. Sin embargo, nadie venía visitarlos. ¿La razón? Un problema legal del cuál se habían aprovechado los más jóvenes, para quitarles todo a los ancianos y recluirlos en aquel edificio. ¿Una infamia? Casi como quemar un edificio.
La familia del 3. En realidad no había mucho que comentar. El Padre “apenas” ganaba para comer. La madre “apenas” comía para darles a sus hijos. Los hijos, “apenas” vivían. No había actividades fuera de la casa. Los hijos también trabajaban como ayudantes de cocina en un café de chinos, mientras que la madre lavaba ajeno. Butano había seguido al Padre, quien hacía trabajos de medio tiempo ya sea como albañil o carpintero. Una historia común en una sociedad tan deprimente y demacrada como la de aquella ciudad.
La solterona del 4, fue una famosa cantante de opera a la que la vida y el destino le hizo una mala trastada. En una de las presentaciones más importantes de su carrera, y enfrente de miles de espectadores, perdió su voz. Nadie sabía a ciencia cierta lo que le había ocurrido. Simplemente, pasó. Con ello, le sobrevino una crisis, seguida de alcohol y drogas que la dejaron en la ruina. Nunca pensó en casarse, pues ella sentía que no lo necesitaba. Claro, que eso fue antes de su accidente. A la fecha, trabajaba como mucama en un hotel de mala muerte a unos veinte kilómetros del edificio que por veinte años, había fungido como su hogar, hasta ahora.
A todos los había investigado, analizado, revisado, seguido. Había vivido sus historias, sus alegrías, pero sobretodo, sus penas. De todos, excepto de las del 5. ¿Por qué? Lo único que sabía es que eran dos mujeres, presumiblemente hermanas, que vivían en aquel edificio. Jamás pudo armar una coartada perfecta, pues cada día hacían algo diferente. Aquellas mujeres fluctuaban entre los 30 y 35 años. Una de ellas, parecía ser bailarina. Pero también asistía a clases de pintura, de canto, de literatura, de computación. Y lo peor, no lo hacía los mismos días. Un comportamiento sumamente extraño y anómalo. De la otra hermana, Gabriel nunca había podido coincidir o investigar más acerca de ella. Cada vez que la seguía, la mujer parecía desvanecerse de la nada, perdiéndole el rastro. Ya había estado Gabriel a punto de cancelar la misión, cuando sus superiores pidieron adelantarla. Esperaba que las cosas salieran bien, pues sólo se trataba de unas personas. Si, la misma persona que desgraciadamente, no había salido del edificio. Lo peor, su hermana había entrado a buscarla.
Gabriel miró esperanzado una vez más por los binoculares. La hermana que había entrado, salió, pero sola. Un sudor frío comenzó a invadir a Gabriel. ¿Qué debía hacer? El no era un asesino. Además, su record era impecable. ¿Qué dirían sus superiores en cuanto se enteraran? Por algo, era el mejor. Sin titubear, Gabriel bajó de la van y corrió lo más rápido que pudo esos quinientos metros hacia el edificio. Sin ser visto, se internó por la puerta de atrás para subir por las escaleras de servicio y llegar al departamento 5.
Abrió la puerta y contempló su obra. Ahí estaban, las más hermosas llamas que alguien jamás hubiera creado. Se movían a la par, al unísono. Parecían saludar a su creador, alabarlo. Gabriel, como su Dios, hizo una pequeña reverencia y continúo subiendo. Sin duda, era el mejor para estos trabajos.
Después de algunos minutos, llegó hasta el departamento cinco. La puerta estaba entre abierta. Algo no marchaba bien, pero no podía dejar a aquella mujer presa de su obra. Entró y comenzó a buscar. Miró en el comedor, y en la sala. No había nada. Sólo quedaba la recámara. De ipso facto, corrió hacia la habitación, y abrió la puerta. Un impacto de bala le atravesó el hígado derribándolo al piso. Ahí estaba ella, la hermana perdida.
Gabriel miró como la chica salió del departamento sonriéndole, mientras las llamas se acercaban más y más para consumir el lugar. Butano cayó en cuenta de que, para alguien, el ya no era tan indispensable. Que no había podido investigar a las del departamento 5, porque ellas lo habían estado investigando a él. Habían hecho tan bien su trabajo que conocía su debilidad. Sabía que el vendría por ella. Simplemente, se habían sentado ahí a esperar.
Tal parecía que sus “patrones” habían sucumbido a la avaricia. Tal como los inmuebles a las llamas. Alguien les había llegado al precio por Butano. Sin duda más redituable que cualquier cobro de una aseguradora.
Gabriel cerró los ojos y comenzó a sentir como el clamor de su creación lo abrazaba tiernamente para consumirlo.