Letra Secuencia

diciembre 27, 2010

Entalpía

Archivado en: Uncategorized — drkpollo @ 6:05 pm
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El hombre miró las llamas que salían del edificio con un silencio devoto, como siempre lo hacía al terminar su trabajo, admirando el compás sublime de la danza mortuoria de lo material en brazos de sus amadas flamas. Se había asegurado de que su ropa se mantuviera impecable, y lo único que permitía en su frente eran unas cuantas gotas de sudor.

La gente salió del edificio gritando y atropellándose unos a otros, tratando de huir del fuego.

Gabriel, mejor conocido como “Butano”, era un incendiario a sueldo que disfrutaba su trabajo un poco más de lo necesario. Al grado de una escondida, pero tenebrosa, piromanía.

Era meticuloso y preciso. La bestia implacable del fuego, parecía someterse a los deseos de ese hombre que le daba origen.

Sus servicios eran requeridos para forzar desalojos y fraudes de seguros; La sed corporativa es grande. La aseguradora pagaría mucho más de lo que costaba el edificio ¬que no habían logrado desalojar en mucho tiempo¬ y el beneficiario no tenía ninguna intención de reconstruirlo.

Todo iba de acuerdo al plan. El edificio había comenzado a consumirse en el orden preciso para no provocar ninguna fatalidad. Su trabajo había sido tal, que la propagación de las llamas daba el tiempo necesario a los inquilinos para evacuar el inmueble. Todos lograron salir, excepto una.

Gabriel se encontraba observando su obra desde una van, estacionada a quinientos metros del edificio en cuestión. Siempre se quedaba hasta que llegaran los bomberos, finalmente ¿Qué caso tiene ser incendiario si no puedes deleitarte con las llamas que tanto amas? Butano acostumbraba exaltar en su creación ese afán reprimido de piromanía que tanto buscaba ocultar, argumentando que sólo se traban de negocios. Sólo eso. Un simple empleo que le daba de comer.

Otra acostumbrada práctica en sus trabajos era el de llevar un conteo de la gente que evacuaba el inmueble, asegurándose de que todos salieran con bien. Ser incendiario no era ser un asesino.

En esta ocasión, algo no estaba bien, contó la gente que histérica iba saliendo, pero aún faltaban. Hacía tan sólo unos minutos, los inquilinos de los cinco departamentos se encontraban ya afuera, viendo como el que había sido su hogar por un corto, mediano o largo periodo, se extinguía en la penumbra de la noche. Comenzó a pasar lista. Faltaban dos personas. Aquellas chicas que habitaban el departamento número cinco.

Su método era prácticamente infalible. Cual alquimista, debía mezclar los líquidos en proporciones adecuadas, justas para generar el tamaño de llama inicial que se esperaba, luego colocar la mezcla cerca de la circuitería eléctrica, luego generaba las réplicas de un piso a otro, siempre de arriba para abajo, asegurándose de esa manera que la gente lograra salir. Para el orden de las llamas utilizaba unos pequeños detonadores eléctricos que se consumían con las llamas evitando ser detectados por los peritos. Y finalmente metía otro dispositivo a una caja de fusibles, el cual generaba una sobrecarga en la línea, haciendo pensar a todos que había sido causado por un corto circuito. Lo que más le gustaba eran las explosiones causadas por gas, pero para estos trabajos era muy difícil de controlar y causaban una gran explosión. En su método, el fuego progresivamente iba tomando las áreas elegidas y expandiéndose finalmente sin control.

Gabriel volvió a mirar desde la van con unos binoculares. Efectivamente, las del cinco seguían sin salir. Ya meses antes había hecho una investigación para asegurarse de quienes eran los inquilinos de aquel edificio. No sólo en número, sino también en sus hábitos. Uno a uno, Butano había seguido y anotado minuciosamente cada una de sus actividades. Los del departamento 1, gustaban de ir al cine los miércoles, pasear por el parque cercano los jueves, e ir al teatro los viernes. Se había enterado de que el hombre se había quedado recientemente sin trabajo y que se encontraba buscando uno.

Los viejitos del 2, eran una pareja que se había casado desde que ambos tenían 16 años. El fue un héroe de guerra, y ella una enfermera que había trabajado en las trincheras, auxiliando a los soldados caídos o heridos durante aquel conflicto armado. El hombre, parecía seguir gozando de buena salud, mientras que la mujer, sufría de osteoporosis. Fue necesario que Gabriel calculara el mayor tiempo posible para que aquella mujer pudiera bajar antes de que las llamas consumieran el edificio. Tenían nietos, bisnietos y tataranietos. Sin embargo, nadie venía visitarlos. ¿La razón? Un problema legal del cuál se habían aprovechado los más jóvenes, para quitarles todo a los ancianos y recluirlos en aquel edificio. ¿Una infamia? Casi como quemar un edificio.

La familia del 3. En realidad no había mucho que comentar. El Padre “apenas” ganaba para comer. La madre “apenas” comía para darles a sus hijos. Los hijos, “apenas” vivían. No había actividades fuera de la casa. Los hijos también trabajaban como ayudantes de cocina en un café de chinos, mientras que la madre lavaba ajeno. Butano había seguido al Padre, quien hacía trabajos de medio tiempo ya sea como albañil o carpintero. Una historia común en una sociedad tan deprimente y demacrada como la de aquella ciudad.

La solterona del 4, fue una famosa cantante de opera a la que la vida y el destino le hizo una mala trastada. En una de las presentaciones más importantes de su carrera, y enfrente de miles de espectadores, perdió su voz. Nadie sabía a ciencia cierta lo que le había ocurrido. Simplemente, pasó. Con ello, le sobrevino una crisis, seguida de alcohol y drogas que la dejaron en la ruina. Nunca pensó en casarse, pues ella sentía que no lo necesitaba. Claro, que eso fue antes de su accidente. A la fecha, trabajaba como mucama en un hotel de mala muerte a unos veinte kilómetros del edificio que por veinte años, había fungido como su hogar, hasta ahora.

A todos los había investigado, analizado, revisado, seguido. Había vivido sus historias, sus alegrías, pero sobretodo, sus penas. De todos, excepto de las del 5. ¿Por qué? Lo único que sabía es que eran dos mujeres, presumiblemente hermanas, que vivían en aquel edificio. Jamás pudo armar una coartada perfecta, pues cada día hacían algo diferente. Aquellas mujeres fluctuaban entre los 30 y 35 años. Una de ellas, parecía ser bailarina. Pero también asistía a clases de pintura, de canto, de literatura, de computación. Y lo peor, no lo hacía los mismos días. Un comportamiento sumamente extraño y anómalo. De la otra hermana, Gabriel nunca había podido coincidir o investigar más acerca de ella. Cada vez que la seguía, la mujer parecía desvanecerse de la nada, perdiéndole el rastro. Ya había estado Gabriel a punto de cancelar la misión, cuando sus superiores pidieron adelantarla. Esperaba que las cosas salieran bien, pues sólo se trataba de unas personas. Si, la misma persona que desgraciadamente, no había salido del edificio. Lo peor, su hermana había entrado a buscarla.

Gabriel miró esperanzado una vez más por los binoculares. La hermana que había entrado, salió, pero sola. Un sudor frío comenzó a invadir a Gabriel. ¿Qué debía hacer? El no era un asesino. Además, su record era impecable. ¿Qué dirían sus superiores en cuanto se enteraran? Por algo, era el mejor. Sin titubear, Gabriel bajó de la van y corrió lo más rápido que pudo esos quinientos metros hacia el edificio. Sin ser visto, se internó por la puerta de atrás para subir por las escaleras de servicio y llegar al departamento 5.

Abrió la puerta y contempló su obra. Ahí estaban, las más hermosas llamas que alguien jamás hubiera creado. Se movían a la par, al unísono. Parecían saludar a su creador, alabarlo. Gabriel, como su Dios, hizo una pequeña reverencia y continúo subiendo. Sin duda, era el mejor para estos trabajos.

Después de algunos minutos, llegó hasta el departamento cinco. La puerta estaba entre abierta. Algo no marchaba bien, pero no podía dejar a aquella mujer presa de su obra. Entró y comenzó a buscar. Miró en el comedor, y en la sala. No había nada. Sólo quedaba la recámara. De ipso facto, corrió hacia la habitación, y abrió la puerta. Un impacto de bala le atravesó el hígado derribándolo al piso. Ahí estaba ella, la hermana perdida.

Gabriel miró como la chica salió del departamento sonriéndole, mientras las llamas se acercaban más y más para consumir el lugar. Butano cayó en cuenta de que, para alguien, el ya no era tan indispensable. Que no había podido investigar a las del departamento 5, porque ellas lo habían estado investigando a él. Habían hecho tan bien su trabajo que conocía su debilidad. Sabía que el vendría por ella. Simplemente, se habían sentado ahí a esperar.

Tal parecía que sus “patrones” habían sucumbido a la avaricia. Tal como los inmuebles a las llamas. Alguien les había llegado al precio por Butano. Sin duda más redituable que cualquier cobro de una aseguradora.

Gabriel cerró los ojos y comenzó a sentir como el clamor de su creación lo abrazaba tiernamente para consumirlo.

noviembre 10, 2010

La entrevista

Archivado en: Uncategorized — ronto @ 7:22 pm

Juan había ansiado con todas sus fuerzas aquel momento. Ahí estaba él, esperando su turno para la entrevista de trabajo.

Ya habían pasado tres meses de aquel fatídico día en que el despacho en el que trabajaba “le dio las gracias” argumentando recorte de personal. Justo cuando toda esperanza parecía perdida, recibió una llamada de aliento.

“Señor Pérez, nos gustaría entrevistarlo el próximo martes. ¿Está disponible?”

Juan vibró de gusto. No podía creerlo. Estaba feliz, sobretodo, por su esposa y tres hijos. Aún no le habían detallado el puesto, actividades o cargo que desempeñaría, pero de momento no importaba. Estaba dispuesto hasta a lavar baños con tal de llevar el pan a su mesa.

Ahí estaba él. Llegó media hora antes y esperaba en un elegante vestíbulo, sentado en un fino sillón de piel. La oficina estaba ubicada en una muy exclusiva zona de la ciudad.

Un hombre de seguridad del edificio lo hizo pasar al piso veintidós, pidiéndole sentarse hasta que fueran por él. De eso, ya habían transcurrido veinte minutos. Juan sabía que podía ser más el tiempo de espera, por lo que decidió relajarse. Trataba de memorizar los aciertos y errores que cometió en más de cuarenta entrevistas a las que ya había asistido. Esperaba que esta fuera la “buena”.

Su mente divago, el tiempo transcurrió. Sin tener una clara idea de cuánto tiempo había transcurrido, un hombre alto, delgado y de aspecto afable se acercó a Juan Pérez. Vestía un traje costosísimo y sus zapatos lucían impecables.

– ¿Señor Juan Pérez? –preguntó el hombre de forma cortés. Juan se puso de pie de inmediato.

–Sí, soy yo –exclamó Juan, educadamente. El hombre sonrió.

–Sígame por aquí, si es tan amable, veamos de que es capaz para obtener este trabajo.

Juan lo siguió hasta una de las habitaciones de aquel inmenso lugar. Aquello era una gigantesca oficina finamente amueblada. Grandes libreros cubrían las cuatro paredes del recinto, tapizados con libros de todos colores y formas. Al centro, un escritorio de caoba se disponía con dos sillas tapizadas de piel.

–Tome asiento. –indicó el hombre.

Juan asintió con gusto y se sentó. El hombre hizo lo mismo.

– ¿Trajo su currículum? –inquirió.

Juan extendió cual relámpago, un fólder de color azul con algunas hojas en su interior. El hombre tomó los documentos, colocándolos, sin leerlos, en el escritorio. Juan se sorprendió un tanto por la acción, pero no creyó prudente cuestionar. El hombre comenzó con las preguntas.

– ¿Sabe en qué consiste el empleo?

–Bueno, me comentaron que necesitaban a un contador y que parecía que podía cubrir la posición –respondió Juan.

– ¡Oh, sí! ¡De contador! jajaja. Por supuesto que necesitamos a un contador. Si no, ¿cómo “contamos”? –dijo el hombre levantando las manos y entrecomillando con los dedos su expresión.

Juan quedó algo conmocionado por el comentario, pero no podía reaccionar mal. Ésta era su primera entrevista en mucho tiempo, y tal vez, su última oportunidad de conseguir un buen trabajo. Sólo se limitó a poner atención a lo que aquel hombre estaba por preguntarle.

– ¡Pero que grosero de mi parte! –dijo–. Permítame presentarme: soy Ares de la Roa, el director general de esta organización.

–Un placer –replicó Juan.

–Y dígame, ¿le platicaron algo acerca de su entrevista?

– ¿Perdón?

–Sí, ¿le advirtieron que viniera preparado?

Juan volvió a conmocionarse. ¿Qué debía hacer?

Decidió arriesgarse. Era tanto tiempo sin empleo. Tantas angustias, tantas carencias. No podía fallar. No debía fallar.

–Sí, claro –replicó con seguridad.

El hombre dio varias palmadas con beneplácito. – ¡Excelente! Venga conmigo.

Juan se sentía fatal. Le había mentido a aquella persona y tal vez lo había notado.

Ares condujo a Juan hasta un elevador de servicio. Las puertas se abrieron e hizo una insinuación para que Juan ingresara. Los dos ascendieron por lo menos, diez pisos más.

Abrió la puerta que conducía hacia la azotea del gran edificio. El viento soplaba con furia, tanto que Juan no podía mantener los ojos abiertos.

Ares gritó. – ¡Acérquese!

Juan caminó hasta donde Ares se encontraba. El hombre estaba justo en una de las esquinas de la extensa superficie, con un enorme portafolio en mano.

–Adelante –indicó Ares–. Ábralo.

Juan tragó saliva, pero ya no era tiempo de decir la verdad. Sea cual fuere la prueba, debía realizarla impecablemente. El candidato desabrochó con temor y prudencia los seguros de la maleta, para proceder a abrirla. Su pánico aumentó cuando examino su interior.

Un inmenso rifle de grueso calibre estaba dispuesto, desarmado, en aquel contenedor. Juan se mantuvo inmóvil por algunos minutos.

– ¡Oh! ¡Perdón! –Exclamó Ares–. Me imagino que no conoce este modelo; es sumamente viejo –declaró.

Ares tomó el arma y comenzó a ensamblarla. En menos de treinta segundos, el rifle estaba listo.

–Perfecto –dijo con aire satisfecho–. Aquí tiene. Escoja un blanco –ordenó.

Juan sentía que se orinaba de la impresión. Ares prosiguió.

–Nada de mujeres o niños. Lo siento, políticas de la empresa –sonrió diabólicamente.

Juan no sabía ni cómo tomar el arma. Con trabajos, pudo colocar el mortífero artefacto en la cornisa del edificio.

A través de la mirilla, y presionado por su potencial empleador, comenzó a buscar un blanco entre la gente que iba pasando por la calle. Vio hombres de todo tipo. Altos, chaparros, atléticos, obesos, jóvenes, y uno que otro anciano caminando lentamente.

Pensó en que cada uno de ellos podría tener una familia que alimentar, como la suya. Su conciencia lo hacía ir de un objetivo al otro, buscando el sujeto que podría hacer menos falta al eliminarlo.

–Qué pensamiento horrible –dijo para sí.

Al final, se decidió por un anciano, tratando de justificarse con el argumento de que ya había vivido su vida, y feliz o no, le adelantaría el descanso eterno sólo por unos meses, tal vez un par de años.

Puso su dedo en el gatillo, tanteando la fuerza que debería ocupar para hacer el disparo. Pensó de nuevo en su familia y en todos esos meses de carencias a los que los había sometido. Si Ares le estaba haciendo esa prueba para el nuevo empleo, seguramente confiaba en que realizaría bien el trabajo y que no habría consecuencias legales de las cuales preocuparse. Realizando la prueba satisfactoriamente, la organización se encargaría de todo.

–Vamos, hombre, escoja ya –presionó Ares.

Con el rifle, siguió los pasos del viejo. Lo miró una última vez por el visor, cerró los ojos, y disparó.

La patada del arma en su hombro lo empujó hacia atrás. El sonido del disparo lo ensordeció levemente. Se recompuso lo más rápido que pudo y, con las manos aún temblorosas por el impacto y la adrenalina, buscó con la mirilla al anciano tendido en el suelo, como era de esperarse.

Lo encontró inclinado sobre el cuerpo de una mujer, cuyo cráneo ensangrentado yacía en el piso. A su lado, el bebé que llevaba en brazos momentos antes, permanecía inmóvil sobre la acera.

La falta de experiencia en el manejo del arma, había hecho que en el momento en que cerró los ojos, el rifle cambiara de posición, apuntando a la mujer que caminaba a unos pasos del anciano.

Su mirada no podía apartarse de la escena, la gente corriendo mirando a su alrededor, otros agazapados y el viejo gritando por ayuda. Yacía Juan, en el mismo lugar sin posibilidad de moverse. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, hasta que sintió unas palmadas en su espalda.

-Vamos, la primera vez siempre es impactante, pero ya se le pasará. – comento Ares.

Le retiro a Juan el rifle de las manos y le indico, con un gesto, que lo siguiera.

Con dificultad y el cuerpo lleno de adrenalina logro incorporarse y siguió a Ares, su ser se encontraba medio consciente e inconsciente, su mente repasando cada milésima de segundo de lo que ocurrió. Sin darse cuenta, ya se encontraba en la oficina de Ares con una taza de alguna infusión de buen sabor y sentado en una de las lujosas sillas de piel de la inmensa oficina donde lo recibieron, se encontraba solo.

Le dio un sorbo a la infusión, era extraño que no pudiera saborearla, posiblemente algún efecto de la adrenalina. Un momento después se abría la puerta de la oficina e ingresaba Ares, quien de manera impetuosa tomo su lugar en el escritorio y puso frente a juan un papel y una llave. Juan se inclinó para ver ambos artículos mientras Ares explicaba.

-Muy bien señor Perez, pasó la primera prueba, aunque su elección del blanco pudo ser mejor, demostró hasta dónde puede llegar.

Ares iba desdoblando el papel y revelando una larga lista de nombres.

-Esta es una lista de blancos que necesitará eliminar… ¿Señor Juan Pérez?

Juan de pronto abrió los ojos sobresaltado, ya no se encontraba más en la lujosa oficina, estaba en la sala de espera, y frente a él un hombre alto, delgado y de aspecto afable se acercó a Juan. Vestía un traje costosísimo y sus zapatos lucían impecables.

– ¿Señor Juan Pérez? –preguntó el hombre de forma cortés. Juan se puso de pie de inmediato.

–Sí, soy yo –exclamó Juan, educadamente. El hombre sonrió.

–Sígame por aquí, si es tan amable, veamos de que es capaz para obtener este trabajo.

septiembre 22, 2010

Una luz brillante…

Archivado en: Uncategorized — Jabón @ 9:02 pm

Una explosión… vidrios, concreto, polvo, humo…  un hedor insoportable.
¿Será el inicio del fin?
Tras la primera explosión siguieron varias más, una tras otra, como un corazón que late, ridícula ironía, el caos toma vida mientras miles de vidas terminan.
Gritos, sangre, sudor…  gente corriendo por todos lados, histeria colectiva, buscan un lugar donde poder estar a salvo.
Inútil, de esta nadie sale vivo. La humanidad sabía que llegaríamos a esto, pero nadie hizo caso, ahora atengámonos a las consecuencias.

Una luz brillante…

Abro mis ojos con sobresalto, la luz… tengo que esperar un momento… me encuentro a ciegas… oscuridad total, pasa de la media noche, ¿Qué esperaba?
El silencio de la noche es extraño, hace años que no escuchaba el silencio total. El aire se siente extraño. El sueño se me ha ido.
 
Aún mis oídos zumbaban, presos de los impactos y las terribles explosiones. Nuevamente aspiré aquel aire putrefacto y miserable. Todo había cambiado en tan sólo un día. Algunos clamaban que se trataba del fin del mundo. Otros, argumentaban la presencia de un extraño virus. Y otros más, exigían una explicación al gobierno. ¿Armas químicas o bacteriológicas?
 
El hecho es que yo los ví. Deambulando por la calles, con su lento y tétrico caminar. Primero, sus extremidades se habían asomado por fuera de la tierra para abrirse paso. Aquellos que se creían muertos, en cementerios, morgues o museos, salían para reclamar su no existencia en esta tierra. ¿Su razón? ninguna. Nadie había hecho un meeting, o una reunión. No había un sindicato que peleara por sus derechos o un partido político. Simplemente, salieron de donde estaban. Donde acostumbramos deshacernos de todo para olvidarlo, salieron para recordarnos que ahí estaban. Casi polvo, casi carne, casi hueso. Exponían sus menuencias ante los ojos atónitos de la gente que huía despavorida al verlos. Pues, ¿qué otra reacción podrían generar? ¿gusto?
 
Cargué de nueva cuenta mi escopeta, y con la mayor frialdad disparé un certero tiro al cráneo de uno de ellos. El interior de su cabeza, o por lo menos lo que aún quedada en ella, adornó en tonos verdes – carmesí la paredes del anfiteatro del edificio de ciencias.

Y pensar que había aceptado el turno de la noche porque creí que era el más tranquilo. Seguía caminando, confundido, meditabundo, herido. ¿Hasta donde me llevaría mi inconsciencia?

De nueva cuenta, uno más amedrentó con su flatulento aliento mi rostro para arrancarme una parte de mi. La escopeta ocupó como un guante su cavidad bucal mientras tiraba del gatillo una vez más. Sus compañeros experimentaron su ser expuesto, mientras que yo me vanagloriaba de mi logro.

¿Quién era mejor? ¿Ellos por tratar de matarme o yo por tratar de rematarlos? Mi humanidad se había menguado a su insensibilidad. Era como una batalla de cadáveres. Sólo que aquí, el cadáver más rápido o el mejor armado, ganaba. Pero, ¿por cuánto tiempo?

 Los cartuchos comenzaban a acabarse, así como mis esperanzas de encontrar a alguien más con vida. Poco a poco, los muertos eran más frescos. Estos, pensé, no estaban muertos antes. ¿Acaso habrán sido mordidos por los otros, como en las películas? ¡Qué maldita referencia bibliográfica tenía!
 
Mientras cargaba los dos últimos cartuchos, sentí un golpe seco en el lado derecho de la cabeza y de pronto, nuevamente la luz brillante…
 
No supe si abrí los ojos o ya los tenía abiertos, pero volví a sentirme sobresaltado. Me encontré de nuevo a ciegas.
 
Olor a madera vieja y a putrefacción. Estaba en una de las fosas, ¡Maldita sea!. Por lo menos el dolor de cabeza remitió, aunque sentía una incómoda rigidez. Comencé a golpear la tapa de la caja hasta que cedió.

Imbécil, debí haber imaginado que la tierra me caería encima.
 
Aún con la atrofia en los músculos, que le achaqué al tiempo que estuve inmóvil en el féretro, conseguí abrirme paso entre la tierra. El alivio que pensé me traería el aire fresco de la noche al por fin sacar la mano de la sepultura, no fue suficiente. A lo lejos logré ver el edificio de ciencias, y me dirigí hacia allá. Tuve la impresión de que era el último refugio, ya que los demás sobrevivientes caminaban lentamente en esa dirección. No reparé mucho en ellos, necesitaba comer algo y recuperar mi escopeta.
 
Bajé al sótano, esperando encontrar el arma. La rigidez se había apoderado de mis rodillas, pero afortunadamente, ya no dolía. Tanto.
 
Caminé a mi puesto y vi a mi relevo lleno de sangre y lo que fueron restos humanos. A ese no lo conocía, pero cuando me acerqué, me di cuenta que había perdido la razón. Comenzó a disparar contra los sobrevivientes que lo único que buscaban, era refugio.
 
Me adelanté para poner orden y quitarle la escopeta. ¡Detener esa locura!
 
Lo miré a los ojos mientras me apuntaba, y lo reconocí. Pero era tarde, yo lo único que sentía era hambre.
 
¡Blam!

julio 20, 2010

Domingo, de vuelta.

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 1:05 am

Era un domingo como cualquier otro. Ahí estaba yo, embarrado en mi asiento favorito de la casa. Ya todo estaba dispuesto para garantizar mi alimentación dominical: dos inmensas bolsas de frituras, un six pack de chelas bien helodias y una gigantesca bolsa de salchichas de cóctel que me aseguraban contener veinte por gramos más que la competencia.

Encendí con ansia el televisor. Me froté fuertemente las manos de la emoción y comencé a inspeccionar mis cuatrocientos canales con el afán de encontrar algo más que sólo eso… televisión. A punto de presionar con mi pulgar derecho el botoncito con la flecha para arriba del control remoto, el estúpido teléfono sonó.

- ¡Con una fregada! – grité – ¡Debí haberlo descolgado!

Creo que hasta injurié en Nahuátl, con esta boquita que Dios me dio. Determinado y decidido a encaminar a su progenitora al perturbador de mi paz dominical, contesté el teléfono de la forma más educada posible.

- Bueno – y soné a falsa sinceridad –. No hubo respuesta. Nuevamente volví a preguntar, esta vez de forma menos gentil.

Algo no andaba bien. Escuchaba alguien respirar de forma agitada e impetuosa. De súbito, su voz me dejó aterrado.

- ¡Por favor! ¡Ayúdame! ¡Por el amor de Dios, no permitas que me maten! ¡Sólo tú puedes ayudarme! ¡Auxilio! ¡Ahhhh!

El sonido de la línea fue lo último que escuché. Mi cuerpo quedó helado. Comencé a temblar y a sudar frío. – ¡No es posible! Susurré en pánico. – Esa voz… Esa voz… era la mía.

Era una broma de los muchachos del estudio. Nos caemos bien porque nos vamos a echar unos tacos de maciza cuando la grabación se prolonga hasta la madrugada. Me caen bien aunque se burlen de mí, los cabrones, porque me paro en el puesto y pido dos sin cebolla, refugiado desde mi bufanda para que no se me enfríen las cuerdas vocales. Qué quieren, soy locutor.

Confieso que me dio un pánico temporal escuchar un ligero tono agudo al final de la palabra “auxilio”. No sonaba tan varonil como debiera. Después de todo, Juan Ignacio Gabriel -mi personaje en la radionovela- estaba encerrado en una cápsula, sin saber si existe el mundo exterior y descubriendo que tiene una hija, la misma niña que se había encontrado en un cementerio. Es un protagonista con fuerza y carácter. No puede pedir auxilio con voz de joto…

 Esto me hizo caer en cuenta que debía practicar mis líneas, al día siguiente habría grabación y sinceramente no podía dejar que ese gritito de putín manchara mi reputación de gigoló. Ni modo, con todo el pesar del mundo tuve que apagar mi televisor y busqué mi guión. Ya con el guión en mano comencé a hojear las escenas…

-Carajo, qué pendejadas se le ocurren a estos escritores, no conformes que mi personaje está en una cápsula, resultó que todo era parte de la imaginación de mi personaje, había caído en coma. – Dije para mis adentros.

Bueno, tenía que buscar el móvil, la inspiración para lograr la voz adecuada, no podía seguir con esa voz de pánico ahora que sé que, más bien, es como un reencuentro. Inicie la meditación, en búsqueda del sentimiento correcto, abrí mis sentidos a mi yo interno, inhalé, exhalé y… madres, otra vez el teléfono.

-¡Carajo! – me salió un grito gutural, que parecía ajeno. Nunca dejó de sorprenderme, me recordó a mi otro personaje que no se reconocía nada. Me dio risa. Pero el sonido del teléfono me recordó porque me encontraba gritando.

Tan pronto levanté la bocina, nuevamente escuché mi voz, pero ahora con un sentimiento muy diferente, qué bien: era el sentimiento que buscaba para la escena del grito.

- ¡Escúchame! – Me escuché, no recordaba haber dejado un “escúchame” en ninguna de las grabaciones. – Pon atención, no soy una grabación, yo soy tú…

A huevo, ya los caché, era Ricardo, ese güey me imita rete bien.

-¡Pon atención! Tampoco soy Ricardo, soy tú. Necesito que me ayudes, no es una broma.

Tenía que ponerlo a prueba – A ver, si tú eres yo, debes saber algo que solo yo sé.

No hubo reclamo de ningún tipo, por lo que supuse estaba poniendo atención.

-Hace dos semanas – continué – cuando estaba practicando mi personaje frente al espejo en el estudio, ¿Qué ocurrió?

-Justamente por eso te estoy llamando. Cuando estaba en baño del estudio practicando el momento de la cápsula, había una tormenta eléctrica y se fue la luz. No me moví de ese lugar, pues bien sabes que me da terror la oscuridad total. Cuando regresó, me vi en el espejo pero ya no era yo, eras tú. – Esta declaración definitivamente no la entendí, pero era claro que sí era yo.

En el espejo la imagen ya no era la invertida de un espejo, moví mi brazo derecho y se movió el derecho, no el izquierdo como se acostumbra un espejo.

-El caso es que salí corriendo, pero ahora que veo esta realidad, es diferente a la que estaba viviendo. Déjame te explico, aquí tengo esposa e hijos, pero yo no soy hombre de una sola mujer, yo tenía mujeres diferentes todos los fines de semana.

-¡Ah! Eso explica porque siendo domingo estoy solo en casa. Bueno, ¿y que sugieres? – pregunté.

-Pues debemos replicar lo que causo esto, a ver si regreso a mi deliciosa vida de soltero y tú te pasas de este lado, que por cierto, me das hueva.

Ah no, tenía que reclamar, no me permito ni a mí mismo criticar mi forma de vida. -¿Qué te pasa? un hombre no está completo si no tiene una familia…Caray pero, ¿porque no me acuerdo de ella?

-A ver, déjate de pendejadas, yo quiero estar allá, y tu acá, entonces cuelga el teléfono, vete al baño, y nos vemos en el espejo.

Hice tal como me había recomendado. Me dirigí al baño, pero con un poco de miedo me asomé al espejo, y sí, ahí me encontraba yo. Me saludé.

Mi yo, llenó el lavabo con agua, conectó la rasuradora eléctrica, la arrojó al agua y metió las manos.

La verdad es que no recuerdo más, no sé si funcionó o no, pero no encontré a mi familia, y toda persona a la que quiero preguntarle si sabe algo, tan pronto me ven salen corriendo. Lo peor de todo es que no sé cómo contactarme de vuelta.

junio 30, 2010

Todo es aquí

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 10:27 pm

Al correr de las horas, el día llega a su fin, los últimos rayos de sol fueron vistos en el horizonte, viéndose remplazado por una pálida iluminación artificial. La gente metida en su rutina no percibe su existencia, con cada día que pasa se encuentran más cerca a su fin, pero qué sentido tiene vivir así si ya se encuentran muertos, muertos en vida.

 Este es el momento en el que Peter abre sus ojos, tras un largo letargo suspendido en otra realidad, en sueños de lo que nunca podrá ser. Sus ojos vidriosos, hundidos y un gran vacío en su ser. Él, a diferencia del resto de los habitantes de esta ciudad, es un vivo en muerte. Pese a su condición, siempre ha gustado de vivir al máximo, y lamenta no tener la oportunidad de volver a ver un amanecer o un anochecer. En cambio, tiene todo el tiempo del mundo para ver como una pequeña oruga puede convertirse en una bella mariposa.

 El tiempo lo ha hecho sabio, al inicio fue como un adolescente cualquiera, pero la vida lo ha aleccionado. Él respeta la vida y le gusta aprender de las diferencias, hace años ya que se fijó una meta, hacer algo por ellos, que caigan en cuenta de cómo están desperdiciando su vida, que sean conscientes de lo que tienen y lo disfruten, que no lo dejen ir. Si tan sólo supieran. Ellos tienen una ventaja sobre él, y es algo que siempre ha envidiado: se encuentra en una especie de pausa, se convirtió en un testigo, su único placer el conocimiento, sin embargo, él nunca sabrá que hay después de la vida. ¿Suicidio? Ni considerarlo.

 Las épocas cambian. Ya no vive con los suyos en lugares húmedos y obscuros. En su lugar, inmensos apartamentos en imponentes rascacielos son su morada. En parte, gracias a la inmensa fortuna que han podido reunir a lo largo de su eternidad. Se mezcla entre nosotros. Camina, deambula en las noches. Gusta de frecuentar bares y centros nocturnos. Tal vez, por su afán de experimentar su humanidad una vez más.

¿La extraña? Peter le dice a Clare, su eterna compañera, que no es eso. Simplemente, es curioso hacia las costumbres de lo que fue. Su conversión ocurrió hace tanto, que incluso el casi ha olvidado cómo sucedió. Una hermosa chica, casi una niña, se había extraviado en el bosque. Peter corrió en su busca tal y como otros veinte hombres lo habían hecho. Y por obra del destino, él fue el elegido. Su elegido. La niña lo contempló y admiró su belleza, comenzó a llorar, sabiendo que su juventud no duraría mucho debido a su mortalidad. Sería una injusticia matar algo tan bello, dejarlo a merced del tiempo para marchitarlo. Era necesario prevalecerlo. Y así fue.

 Peter aceptó el precio, sin saberlo. Aquella chica se sintió realizada. Ella fue su mentora durante largos años. Le enseñó a alimentarse, a cazar, a vivir su muerte al máximo. Hasta que un día, en una simple y sencilla carta, se fue para no volver. ¿Qué habrá sido de Alicia? ¿Acaso seguiría con vida? Peter ya no suele pensar en ello, pues le causa dolor. La quiso tanto, como ella a él. Pero los lazos de muerte son más fuertes que los de vida, pues todos duramos más muertos que vivos.

 Clare no fue un error, fue un gran acierto. Aunque muchas veces, Peter se cuestiona si hizo lo correcto en decidir por ella sin preguntarle. Una terrible guerra humana le había casi arrebatado la vida. Su cuerpo, cubierto de sangre anunciaba su fin. Peter caminaba entre los cadáveres buscando algo que comer. Un terrible bombardeo había azotado aquella población y pocos habían sobrevivido.

Tal y como le había ocurrido a Peter, el destino se hizo cargo de encontrarse con un ángel. Un ángel que agonizaba. ¿Acaso habrá sido la misma sensación que tuvo Alicia con Peter? Clare era algo demasiado bello para dejar de existir. Pero ¿quién era Peter para decidir por Clare? No lo dudo. La mató para hacerla vivir.

 Hasta el héroe que viene de ultratumba, cae. Como sufre y añora y desea el más gris de los humanos. Nadie se salva pactar con el diablo. Los lazos de muerte son para hacer más llevadero el deambular en la vigilia sin saber qué hacerle al alma. Los que duermen deseando no despertar jamás y los que fallecen en la esperanza de la resurección, no saben lo que dicen. El tiempo lo ha hecho sabio…. ¿qué hay en el más allá? nada. Todo es aquí.

junio 17, 2010

No revelarás el secreto

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 12:28 am

Siete. Por donde quisiera verse, un número fuerte. ¿Para qué conservar el secreto? Tanto tiempo lo he guardado, apenas recuerdo cuando fui designado como su guardián, tal vez fue en otra vida, o quizás en un universo paralelo.

Siete… el número, el trazo, la fonética en los diferentes idiomas, todo… todo es simplemente una pista para descubrirlo. ¿Quién diría que ese símbolo pudiera contener tanto, el secreto de la vida, de la creación, de la propia existencia, el universo…? Mis días se acaban, ¿Cuántos me quedarán? Siete tal vez… sea como sea, necesito tomar una decisión, buscar al que continuará guardando el secreto, o simplemente revelarlo… ¿qué caso tiene guardarlo? Al fin de cuentas el ser humano no ha aprendido nada, tal vez… tal vez si supieran. La carga es tan grande… ¿qué hacer?

Creo que esta carga es la que me está acabando y no la edad… No puedo evitar pensar en las posibilidades… y ¿si me hubiera negado? si simplemente hubiera dicho que no quería hacerlo. Yo tenía otros sueños, quería una familia, una esposa, quería vivir de las cosas simples de la vida, sin embargo escogí el conocimiento… y ¿qué gané? Vivir oculto… ¿qué caso tiene poseer el conocimiento si no se puede enseñar? ¿Pero quién querría poseer semejante maldición?

 Todo debía acabar ahora. La suma de lo mundano, del caos que la humanidad había provocado. Jugar a ser Dios, infringir las leyes elementales de la vida para su propio beneficio. No, no podía tener familia, amigos, porque no podría crear vínculo alguno. Sólo para verlos sufrir cuando este día llegara. Miré mis manos, toqué mi cuerpo, aún existía. ¿Acaso era humano? Lo fui hace tanto tiempo, que había olvidado lo que era serlo.

¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Cuantos sietes hay? ¿Acaso uno por mundo? Algunos dijeron setenta veces siete. ¿Será acaso el número perfecto? Siete días de la semana, siete pecados capitales, siete sacramentos, siete notas musicales, siete colores del arcoiris, siete mares, siete chakras, y ahora este gran secreto que durante años había guardado.

Y así debo culminarlo, con la esperanza de que existan más de uno tal como lo dijeron los grandes sabios de esta existencia. En lo alto del cielo, escuché el clamor de las siete trompetas. A lo lejos, en el horizonte, ví a los cuatro jinetes zurcar el cielo carmesí entintado con el rojizo reflejo de una luna en el albor de una noche que jamás terminaría.

 ¿Es el fin? Para muchos, lo será. Para otros, es sólo el principio de su redención. En mi caso, ¿qué me depara el fin? Puedo escucharlos, sus lamentos, sus gritos, ha comenzado. Ya no hay marcha atrás.

junio 10, 2010

Bóveda

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 6:33 pm

Escribo estas líneas, con la esperanza de que alguien pueda leerlas. Ya, viejo y agotado, renuncié al deseo de seguir mandando mensajes hacia la nada. Con la esperanza de que alguien me escuche. Creo que después de todo, el destino lo quiere así. ¿Seré realmente el último?

Aún tengo en mi memoria los recuerdos y gratos momentos de lo que era vivir. Solía despertarme muy temprano y caminar hacia mi ventana para mirar los árboles que rodeaban mi casa. Los pájaros cantaban rítmicos trinos que amenizaban la salida del sol. Solía recostarme en un sillón cercano para admirar dicho espectáculo. Así podía quedarme durante una hora. ¿Por qué no quedarme más tiempo? Simplemente, por costumbre. Porque en mi mente tenía la absurda idea de que mañana podría volver a hacerlo.

¡Qué equivocado estaba! Dí por hecho, la familia, los amigos, el agua, los árboles, la vida. Cuando todo era prestado. Había un precio que pagar. Así, ante nuestra inercia de vivir al máximo y volvernos mediocres respecto a valores superfluos y banales, perdimos todo. Vinieron los terremotos, las inundaciones, e irónicamente, las sequías, el hambre, las enfermedades, las guerras.

Primero, los líderes del mundo clamaron por la calma y la armonía. Pero ¿cómo podíamos cumplirlo, si en tiempos de prosperidad éramos lobos de nosotros mismos? Después, toda comunicación cesó. Ya no tenía sentido en informar lo inevitable. Esto iba a terminar. ¡Oh, Dios, lo que daría por un vaso de agua limpia! ¡Imploro por un poco de aire fresco! ¡Algo de comida de verdad! ¡Alguien con quien platicar!

No niego que lo he pensado. Quitarme la vida sería la mejor opción. ¿Qué caso tiene vivir así? ¿Por qué trabajé toda mi vida? ¿Para terminar comiendo como lo hago ahora? ¿Es acaso mi purgatorio? ¿Mi infierno? Tengo miedo de salir a la superficie. Ocasionalmente, escucho gemidos, gritos de dolor detrás de la inmensa bóveda de acero que me separa del mundo exterior. ¿Qué es lo que me espera afuera? ¿Debería salir? ¿Enfrentarme a una falsa esperanza de encontrar alguien con vida?

Ellos no saben que yo estoy aquí. En un principio me jacté de mi sagacidad, alguna ventaja tendría mi naturaleza evasiva. Ni impuestos, ni pagarés, ni deudas morales: que no contaran conmigo para hacer frente a una obligación impuesta por el sistema. Es cierto que le pusieron precio a mi cabeza, en los archivos de la Tesorería. Más cierto que mis huellas digitales han sido, varias veces, asociadas con un ciudadano de quinta categoría. Un corrupto, repudiable.

Desde mi exilio -sin saber que esa sería mi condición posterior, en esta cárcel- observé el cataclismo. Y supuse que tendría algún sentido sobrevivir. Evadir de nuevo, salirme con la mía. Al menos en esa época, Dios ¡cuántos años han transcurrido!, mi voluntad era intocable. Aún quedan remanentes de ella, nada comparados con la que, en su momento, me proveía de fuerza y claridad.

Hoy cambiaría esa voluntad por conocimiento. El inmediato: saber la dimensión geográfica dónde me encuentro. El retrospectivo: poder repasar en mi memoria, sin episodios bloqueados, en qué momento ocurrió la explosión. Y yo que pregonaba vivir intensamente, que confundía la erudición con el saber, que amaba la tecnología al grado de restarle tiempo a mis seres queridos, que suponía que podría evadir cualquier obligación, para sentirme más dueño de mí mismo. He pasado vidas difíciles.

Escaneo la oscuridad, buscando una herramienta para cortar de tajo mi yugular. El problema no es durar o morir. Es que, entre la nostalgia y el dolor, el sufrimiento es combustible. Y quizás esa sea la chispa que necesito para salir de aquí.

¿Qué razón hay en haber sobrevivido? Apenas puedo creer que haya sido yo el único, ha pasado mucho tiempo ya, o al menos eso creo, dejé de contar. El que me encontrara en este sitio, cuando ocurrió, fue circunstancial. Posiblemente el que haya sobrevivido, más que una bendición fue mi condena y sin forma de salir de aquí.

Me obligo a la retrospectiva, mi memoria está llena de huecos, hoyos negros en mi psique que no encuentro cómo completar, lo último que recuerdo antes de haber abierto los ojos en este lugar fue ver la explosión, me encontraba en una carretera rural, iba a toda velocidad, huyendo, cuando de pronto ocurrió. Me hubiera encantado detenerme un momento y disfrutar de la vista de la carretera, el cielo, pausar y vivir.

Ahora, solo en este lugar, escuchando ruidos a lo lejos, cada vez más fuertes. Debo encontrar la forma de salir de aquí. Sollozos, seguramente hay alguien allá afuera.

-”Papá…”

Reconozco esa voz, ¿de dónde viene?

-”Regresa, te necesito”

Es cierto, tengo una hi…

mayo 24, 2010

Sed de identidad

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 11:02 pm

Ese día no pude recordar nada de mi vida, tras un pesado sueño y en un estado de letargo me fue difícil abrir los ojos. La luz del día entraba con fuerza por la ventana, me costó trabajo acostumbrar la mirada a esta cantidad de luz. Con la mirada acostumbrada, pero con pesadez, miré a mi alrededor, me encontraba en una habitación de hotel la cual no reconocía.

Era una habitación como cualquiera, no había nada que destacara, sin embargo no recordaba que hubiera estado de viaje, de hecho no recordaba nada, claro, aún hacia todo por alejarme de los brazos de Morfeo, posiblemente en un par de minutos todo regresaría. Cuando logré desperezarme me senté en la cama, fue entonces cuando me vi desnudo. Busqué cerca de mí. En el piso, al pie de un pequeño sofá encontré un par de pantalones, me incorporé para vestirlos.

 Aún sin tener memoria alguna me dirigí al espejo que se encontraba en el escritorio. La realidad distorsionada no reflejaba lo que esperaba ver, el rostro frente a mí no era el propio. Cerré los ojos intentando traer imágenes a mi memoria pero no lo logré, no recordaba ni mi propia cara. Me obligué a recordar algo, debía existir algo en ese lugar que me diera una pista de mi razón de ser.

Busqué de manera instantánea en los bolsillos de los pantalones. Encontré lo que buscaba, se trataba de una billetera, en ella había una identificación, una licencia de conducir, la fotografía definitivamente era de la misma persona que miré en el espejo, sin embargo me seguía pareciendo ajena. Dije en voz alta el nombre, pero fue en vano, no lograba restablecer mis conexiones neuronales. Busqué el resto de mi ropa la cual se encontraba esparcida por toda la habitación.

Al entrar al baño el impacto fue mayor, en la tina yacía un cuerpo. Se trataba de una mujer de unos veinte años aproximadamente, a la cual naturalmente no reconocí. Reposaba pasivamente disfrutando de un baño de sales, me acerque para llamar su atención cuidando no sobresaltarla, no respondió a mi llamado. Busqué signos vitales, no detecté ni el más débil pulso, la piel al tacto ya era fría. Me dejé caer al pie de la tina, millones de preguntas asaltaron mi mente, pero de ellas, ninguna fue respondida Fue cuando tocaron a la puerta.

– ¿Señor Jackson? ¿Puede atender a la puerta? Salí del baño envuelto en pánico y terror. No sabía qué hacer. Enuncié en voz alta lo único que me vino a la mente. – Un momento por favor. Me impresioné por la respuesta.

Esa sin duda, tampoco era mi voz. Traté de mantener la calma. Nuevamente, el hombre del exterior volvió a llamar.

– Señor Jackson, La Policía está aquí. Los oficiales desean hacerle algunas preguntas.

Miré alrededor en una búsqueda frenética por escapar. Corrí hacia la ventana, la cuál no cedía. Y era obvio, pues me encontraba a cuarenta pisos de altura. Debía pensar en algo rápido. Corrí al baño y cerré la puerta. Desde dentro, escuchaba el forcejeo de la puerta principal. El hombre acababa de usar la llave maestra para introducirse junto con la policía. Sin meditarlo, metí mi cabeza en la tina donde el cuerpo de aquella chica permanecía. ¿Era esto acaso una especie de suicidio? ¿O algo más? Saqué mi cabeza de la tina y comencé a desvestirme. Tomé la toalla de baño y aspiré hondo.

El hombre ingresó junto con los oficiales, en dirección al baño. Nuevamente, volvió a tocar.

– Señor Jackson. Salga por favor. Abrí la puerta de par en par de forma abrupta y violenta.

- ¿Se puede saber a qué se debe todo este escándalo? Cuestioné, sumamente sorprendido. Jamás hubiera imaginado contestar de esa manera.

 - Disculpe la interrupción, pero estos caballeros desean hablarle. Dice que es sumamente urgente. Miré a los dos oficiales.

- ¿Cómo se atreven a interrumpirme? Estoy saliendo de la ducha, y por eso no podía abrirles. Además, tengo compañía. Los tres hombres miraron de reojo a la tina. Una delicada mano muerta sobresalía del borde.

– OH, disculpe Señor Jackson. No era nuestra intención. – Pues ya lo hicieron. ¿Qué es lo que necesitan? Uno de los oficiales, comenzó a hablar de forma nerviosa y con intenciones de ser breve.

– Tenemos razones para pensar que quieren asesinarlo. Existe información que confirma que enviarán a alguien hoy para matarlo. Sólo queremos estar seguros de que se encuentre bien. Y cualquier anomalía nos lo avise. ¿De acuerdo, Sr. Jackson? Usted es una persona sumamente valiosa, y nadie en nuestro gobierno quiere verlo sucumbir.

- ¿Y si soy tan valioso, por qué alguien querría matarme? Volví a cuestionarme abruptamente como había sido capaz de cuestionar algo así. – ¿Realmente era yo capaz de contestar con semejante seguridad? El oficial concluyó.

– Por favor, cualquier anomalía, o conducta anormal del personal del hotel, no dude en decírnoslo. Le dejo mi tarjeta. Tomé la tarjeta del policía con tranquilidad y una fría seguridad. Agradecí el gesto. Los tres hombres se despidieron y salieron de la habitación.

Cuando cerraron la puerta, el pánico se volvió a apoderar de mi conciencia y de mi amnesia. Regresé al baño, y vi el cadáver de aquella mujer. ¿Sería ella la asesina? ¿La habría matado en defensa propia y en el embate, haber recibido un fuerte golpe en la cabeza que me había hecho perder la memoria?  Salí nuevamente del baño en busca de la ropa de la mujer. Debía estar en algún lado. Me agaché bajo la cama. Un vestido de satín rojo, corto y muy atractivo estaba envuelto en las sábanas de seda. Junto a este, un pequeño bolso de piel de color negro.

No se requería estar en pleno uso de mis facultades mentales, o de mi identidad (¿cuál de todas, la pasada, la presente?) para saber que esa mujer entró a mi habitación con la intención de seducirme. El vestido -y la ausencia de ropa interior- lo denotaba. Abriría la bolsa negra en otro momento. Debía pensar en deshacerme del cadáver. O salir de la habitación. Pero primero tendría que saber en qué ciudad me encontraba. Lo supe, al ver la papelería del hotel sobre el buró. Los Ángeles, California. La última vez, cuando me había recostado a dormir, estaba en Washington.

Tenía, además, mucha sed. Abrí una botella de agua, sobre la cómoda de cajones de la habitación. Sabía a líquido pero no saciaba el acartonamiento en mi garganta. Y mientras la bebía, las uñas de la mujer se amorataban, paulatinamente, macabras, definitivas. Agua en mi garganta como el agua en la tina. La mujer muerta y yo muriendo de sed.

 Para despejarme de los pensamientos obsesivos, del hombre que era y hablaba y respondía sin ser yo, volví al pequeño bolso negro. Me remitía, por su perfil, a un maletín de médico chapado a la antigua. Lo abrí. Contenía un lápiz de labios y dos hojas tamaño oficio, que parecían papeles notariados. Por lo que alcancé a hilar, era un testamento. Repasé las líneas, incompletas en el margen izquierdo, tratando de reconocer algún nombre que me fuera familiar, perdido entre la última voluntad de su autor y el dolor de cabeza que comenzaba a invadirme las sienes.

Encontré mi nombre, junto a las palabras HEREDERO UNIVERSAL. El corazón me empezó a latir por la descarga de adrenalina y sentí, todavía, más reseca la boca. Quizás la añoranza de que algo, lo que fuera, me quitara las preguntas, el temor y las sospechas que se albergaban en el desierto de mi lengua, me impidió reaccionar al chasquido del agua.

 Antes de perder la conciencia, ví las uñas de las manos, amoratadas, asfixiándome. Estaban, para mi sorpresa, cálidas. Fueron más ágiles que mi confusión, que la imagen instantánea del agente dándome su tarjeta, para protegerme. Vencieron.

mayo 10, 2010

Hombre muerto caminando

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 11:35 pm

Miró la hoja en blanco y lo supo. Tomó la pluma, firmó de un solo trazo, su rúbrica. El renglón de la página final, con los testigos; sus iniciales en los seis márgenes que conformaban el documento. Miró la hoja por última vez antes de entregarla al notario. Un acto valiente, para cualquiera en su posición. Salió a la calle, que estaba desierta. Volteó por instinto a los lados, previendo un automóvil. Se llevó la mano al pantalón, para detectar la cartera y a la bolsa superior del saco, para confirmar la presencia del celular. Gestos instintivos aprendidos que combatían la distracción y sus pérdidas consiguientes. Encendió un cigarro.

 Avanzó por la banqueta, caminando una cuadra, dos, tres. Se escuchaban el sonido de sus pasos sobre la banqueta y el rasgueo de su firma sobre el papel. La suela de cuero en fricción con el asfalto y el nudo en la garganta que, por más que diera el golpe, el humo apenas neutralizaba. A veces, lo peor es saber. Es mejor seguir el rumbo propio, en la plena ignorancia que tener que tomar decisiones que afectan a unos y a otros.

El debate moral que triangulaba cigarro, firma y pisadas lo distrajo, a pesar de que combatía la desatención con todas sus fuerzas. No alcanzó a ver la pipa que descargaba combustible en la esquina. El cigarro lo traicionó. Y el sonido hueco y ensordecedor de la explosión, ahogó sus pensamientos.

 Esa noche le fue imposible conciliar el sueño. Estaba hecho un manojo de nervios, sabía con certeza, que en cuestión de unas horas cambiaría definitivamente su vida, no había vuelta de hoja, no podía decidir otra cosa y no importaba el costo. Rendido de intentar, se levantó de la cama que no volvería a ver y decidió vestirse para salir a caminar, calculaba que si andaba desde su casa al juzgado le tomaría toda la mañana y llegaría justo a tiempo para la cita con su destino. El día anterior ya había elegido el atuendo que le daría seguridad y con lo que decididamente debía iniciar su nueva vida, se trataba de un combinado de blazer Hugo Boss, una camisa Canali, una corbata de la casa Hermes de parís y unos zapatos de la firma Testoni Norvegese.

 Antes de salir pasó a la cocina, no podía irse con el estómago vacío. Abrió el refrigerador tomó un par de rebanadas de jamón ibérico y aunque deseaba con todo su ser un café, lo acompañó con un simple vaso de leche. A punto de salir de su departamento, de manera instintiva, tomó sus llaves, su celular, la cajetilla de cigarros y más importante: su pluma fuente; la pluma que le hizo de regalo su hoy difunta esposa el día en que recibió su título como médico forense. Su mente lo había abandonado, su cuerpo se encargaba de llevar a cabo todas esas tareas rutinarias que, día con día, realizaba al salir. Cuando recuperó la conciencia ya se encontraba fuera del edificio que lo había alojado por los últimos veinte años, el que los recibió de recién casados. Sin mirar atrás y con la mente en un futuro más prometedor, echó a andar. No recordaba si había echado llave a la puerta, ya no importaba, no había razón de volver, todo su futuro se encontraba al frente, sólo tenía que seguir adelante un paso después del otro.

 Habían pasado varios minutos desde su salida de casa. Su última estancia en aquel lugar había sido placentero y, a la vez, nostálgico. El médico forense miró al cielo. Aún estaba oscuro y parecía que estaba por desatarse una inclemente lluvia. De nueva cuenta, decidió encender otro cigarrillo. Aún era temprano. Miró su reloj, mientras agitaba con fuerza el cerillo que le dio vida humeante a su tabaco. No había nadie en la calle. Todo estaba en silencio. A lo lejos, sólo el ruido del viento que chocaba con algunas copas de árboles o que osaba juguetear violentamente con algunos edificios. Ello provocaba un silbido. El viento silbaba, no; parecía cantar. ¿Qué era esto? el hombre escuchaba su nombre. Con fuerza, agitó su cabeza de lado a lado con la firme intención de distraerse. Eso no era posible. Comenzaba a llover.

 Siguió caminando. Había preferido hacerlo, pues todo lo había cedido. No quedaba más. El Bentley, su más grande tesoro, su fiera de hierro, también había sucumbido a las deudas. El juego había acabado con todo. Debía recuperarlo. Él era un hombre inteligente. Estaba seguro de que, en poco años, todo volvería a la normalidad. Sólo era cuestión de tener el tiempo. Eso sí, era lo único que no le habían podido quitar. La lluvia parecía ceder. Algo más lo intrigaba, debía cerrar un ciclo, justo como lo hizo con sus pertenencias. Aún faltaba, cerrar el de su alma.

 Decidió virar hacia la izquierda, en lugar de proseguir hacia su nuevo empleo. Un viejo cementerio al fondo del callejón, engalanaba la pobre y mísera colonia de mal vivientes que se vanagloriaban de tener algo inferior a ellos en su zona residencial. El óxido de la reja que daba la entrada al recinto sepulcral dio su sinfonía mortal con un ahogado rechinido que duró mientras el hombre empujaba la puerta. Los aplausos no se hicieron esperar. El exceso de óxido y fierro viejo clamó en el hombre el deseo de sacudirlo de inmediato de entre sus manos. La puerta orgullosa, se balanceaba por el aire, como si agradeciera la fanfarria.

 Caminó con sus costosos zapatos por el camino enlodado, al grado de ya no ceder a su vanidad. Debía despedirse. Era una nueva vida, debía decir adiós a su pasado, sólo así estaría en paz. Finalmente, había hecho una pausa. Sus zapatos, sucios e irreconocibles por su creador, se alinearon en la proporción que el hombre quiso. Firme, miró dos tumbas. Una más grande que la otra. Leyó la dedicatoria. “A Sara Bernard, querida madre y esposa amada…” Miro la lápida más pequeña “A Susan, querida y amada hija…” El hombre, volvió a encender otro cigarrillo. Aspiró el humo hasta depositarlo en lo más profundo de sus pulmones y de su corazón. Quería drogar su dolor. Darle fin a su sufrimiento. Tal vez, era tiempo de morir.

 No soltar el humo, intoxicarse y fenecer por asfixia, justo como su esposa y su hija habían muerto. Una alta deuda de juego, un cobrador empedernido y dispuesto a todo por obtener su enmienda monetaria. Una advertencia, prendiendo fuego a su casa, con su esposa e hija dentro. Para cuando había llegado, el fuego lo consumió todo, difícilmente hubo algo que velar. Algo que enterrar. Hacía más de siete años de esa tragedia y aún recordaba la escena. Como deseaba morirse en ese momento. Pero la vida seguía.

 Una fuerte tos interrumpió su momento fúnebre, aún su cuerpo se negaba a dimitir. No era el momento. Volvía a llover. El hombre comenzaba a retirarse hacia su destino incierto. Algo lo detuvo, una pequeña manita se había prendado de la suya. El hombre miró hacia abajo. – ¡Papi, papi! grito la pequeña – ¡Has vuelto a nosotras! El hombre gimió de espanto, resbalando con el mismo lodo impregnado en sus zapatos. Ahí iba, su ropa de más de treinta mil duros, tirados a la basura. Se llevó las manos al rostro. Miró a su alrededor, la pequeña se había ido.

 Ahora, más sucio que nunca, tanto en cuerpo como en alma, se incorporó. Un cortejo fúnebre se acercaba hacia donde él se encontraba. El hoyo estaba cavado. Un espacio no muy lejano de donde estaban las tumbas de su esposa y de su hija. El cortejo era pequeño. Tres, cuatro personas a lo más, junto con el enterrador y el sacerdote. Colocando el ataúd en posición, comenzó la despedida. El hombre corrió hacia donde estaban, en busca de auxilio. De que alguien le asegurara que se trataba de un producto de su imaginación. Llegó hasta el ataúd, abierto, mostrando de par en par al difunto. Alguien con porte, con amplias ganas de comerse el mundo. Alguien con la intención de dar un nuevo giro a su vida. Alguien, con ropas de treinta mil duros.

 Un ahogado grito de dolor y pánico fue exhalado de aquel pobre diablo. Se parecía tanto al muerto. Era como su hermano, sólo que sin el lodazal en su humanidad y en su alma. Era su funeral. El cigarro, la gasolinera, la explosión, habían acabado con su vida en un segundo. Muchos testigos, clamaron que el pobre el hombre no había sufrido. El impacto había sido tal, que su cuerpo se había hecho en mil pedazos. Sin duda, la funeraria había hecho una obra de arte. Reconstruir un cuerpo en esas condiciones, era digno de admiración. Era él, no había duda. ¿Qué había pasado? ¿Estaba muerto? ¿Era acaso un fantasma? Ya nada era claro. Su destino había dado un giro y no tenía el control de su vida, de su existencia.

 La misa había sido breve. El sacerdote concluyó a los quince minutos. No había mucho bueno que decir de aquel hombre. Su cuerpo estaba rodeado de gente que no sentía el más mínimo cariño por el hombre. El cortejo fúnebre había estado conformado por los enterradores, quienes, deseosos de irse temprano, comenzaron a echar tierra lo más rápido que podían. Ese era el último lugar en el que querían estar.

Él miraba absorto y recordaba que al igual que su funeral, su vida había sido igual. Efímera, sin el mayor sentido o propósito; siempre vinculado a las apariencias. Nuevamente sintió la pequeña mano fría de su hija por entre sus dedos. Esta vez, cerró su mano para no dejarla ir. Esta vez, si la vida se lo había quitado todo, tal vez la muerte le estaba brindando una segunda oportunidad.

 

abril 19, 2010

American dream a contraluz

Archivado en: Uncategorized — Miranda Hooker @ 12:31 pm

Cuando miré a contraluz, no podía creer lo que mis ojos leían. Tomé aquel sobre con fuerza y una firme determinación de abrirlo, pero no iba dirigido a mí. Se trataba de un destinatario desconocido. Alguien que aparentemente, había vivido en aquella casa. Para mí, todo era nuevo y diferente. Acababa de mudarme, no sólo de inmueble, sino de país. El sueño americano se había presentado y me encontraba en plena adaptación. Cultura, costumbres, vecinos, entorno, todo había cambiado. Con valor, afronté la oportunidad y la embargué con los brazos abiertos. Nuestro nuevo hogar, un lugar confortable y apacible. Un espacio para los míos, donde podíamos expresar nuestras experiencias acerca de esta nueva etapa en esta existencia. Este hogar que había recibido una carta de la misma Agencia Central de Inteligencia de esta nación.

 Sí, y no era broma. El remitente, la impresión del sobre y el material. Corrí a mi computador personal. Tenía que estar segura de esto. ¿Era real? Ingresé a “Google” e inicie la búsqueda del portal. Si esto era una mala trastada de un vecino, estaba decidida a demandarlo. Y ahora más, que me encontraba en un país donde las bromas de mal gusto pueden acabar en juicios serios. El explorador de Internet terminó la búsqueda en exactamente 0.16 segundos con un total de 98,100,000 resultados. Tenía que ser el primer resultado. Di “click” en la liga. La página mostraba aquel conocido logo que había visto en películas o en series de televisión: un águila de cabeza blanca, mostrada detrás de un escudo blanco con una gran estrella llamada “rosa de los vientos” que representa los puntos cardinales. Miré al sobre, el logo y el tipo de letra eran idénticos a los de la página. Si alguien quería asustarme, lo estaba logrando.

 Miré el destinatario. Un tal “Mr. James P. Baldwyn”, pensé. ¿Será verídico aquel nombre? Encaminé de nueva cuenta mis dedos hacia el teclado de mi máquina. La curiosidad estaba matándome. Nuevamente, hice uso del famosos buscador. Tecleé el nombre tal y como venía en el sobre: James P. Baldwyn. Esta vez, el resultado tardó más. 0.40 segundos, registraba un total de 100 resultados. El primero, provenía de un periódico local, The San Francisco Herald. Se trataba de una nota, un artículo publicado hacía solo unos meses atrás. Hacía referencia a un obituario. Ningún testigo, un deceso silencioso en plena Navidad. Ni un sólo familiar había ido a reclamar el cuerpo. Aparentemente, la causa de la muerte había sido hipotermia, para concluir en un fallo cardio respiratorio.

 El obituario era sencillo y simple. En realidad, se había publicado para dar conocer el fallecimiento. Mi mente me daba vueltas. Mi espíritu de detective daba vueltas y quería salir. ¿Qué tal y…? me apresuré a dar click en los demás resultados. Ingresé a los portales de diferentes redes sociales en busca de aquel nombre. En ninguna había aparecido. Mi sexto sentido me lo dictaba. Sin duda, el nombre era falso. Un pseudónimo, para encubrir la verdadera identidad de aquel individuo. Pero, ¿por qué? ¿Algún espía? No podía dejar de pensar. La cabeza me daba mil vueltas, debía abrir el sobre y conocer el detalle de lo que contenía. ¿Una misión? ¿un reconocimiento? ¿un premio a la valentía?

 Miré, una vez más, el sobre a contraluz. Alcancé a distinguir en el contorno, que se trataba de una tarjeta. El logotipo temido y respetado, ya googoleado, el nombre y la palabra “invitación”. Confieso que, estuve tentada a abrir el sobre usando la técnica comprobada de exponer el adhesivo al vapor del agua para té que me estaba preparando. La solapa de sobre se desprendería, sin evidencia, y podría pegarlo de nuevo, cuando mi curiosidad estuviera debidamente satisfecha. Me arriesgaba, por supuesto. Si algo había aprendido de la cultura a la que me estaba integrando es que nada es lo que parece. Que son tan directos como hipócritas, tan paranoicos como estúpidos, tan controladores como democráticos. Así que mis sospechas no sólo giraban alrededor del sobre y su contenido, del mensaje en clave detrás del pseudónimo, del logotipo y sus implicaciones. Mis sospechas giraban también apuntaban a una prueba confiabilidad. Quizás el gobierno probaba a los nuevos residentes con visa K35 -mi caso- que entraban al país con privilegios inimaginables, sólo al nivel de los diplomáticos. Yo tenía ese privilegio por razones que, en este momento, debo callar; otra prueba de confiabilidad y discreción.

 Quizás, y mi razonamiento fluía puntual, tenía el futuro de mi reputación en mis manos. Un simple paso por el vapor podría evidenciar mis huellas digitales, con tinta púrpura indeleble y no habría honra que salvar. Eso me daba más miedo que sostener el peso simbólico de un águila, una estrella y la rosa de los vientos. Era estar viendo, a contraluz, a mi destino. No cedí en mi intento por saber de qué se trataba. Respiré con un poco más de tranquilidad cuando hilé las palabras a través del sobre; se trataba de una invitación a un coctel. Entonces, mi alivio se hizo risa nerviosa. ¡Una invitación! Una cena baile, dirían mis abuelos, delatando su juventud de principios de siglo XX. Un segundo después, las preguntas se atropellaban en mi mente. Me parecía y, admito, era un juicio personal, un papel improbable. No me parecía el modo de operación procedente, no al menos de todo lo que yo sabía y había visto en películas sobre la Agencia Central de Inteligencia.

 Podría tratarse de una broma, o de una coincidencia que desataba mi taquicardia, sobre todo considerando lo sencillo que fue rentar esa casa. Los trámites fueron mínimos y sucedieron en tres días, un plazo récord. Dejé el sobre por un momento para preparar mi té. Que nada sea lo que parece implica un pacto del diablo con el silencio. Y yo ya tenía suficiente qué ocultar.

 El teléfono sonó cuando me encontraba en la cocina calentando el agua que en unos minutos más se mezclaría con el relajante sabor de la manzanilla. Sonó un par de veces más antes de que pudiera ir a responder a su llamado. Al contestar, sólo podía escuchar una respiración al otro lado de la línea, nadie respondía a mi poco ensayado “Hello?”. La tetera anunciaba el estado de ebullición del líquido que contendría mi tan esperado té, no podía seguir preguntando sin escuchar una respuesta. Al colgar la bocina, creí escuchar un sospechoso y susurrante “we are watching”.

 Me quedé helada por un momento, no podía confirmar que realmente lo había escuchado, pues la inercia del movimiento ya había llevado el auricular a su posición de desconexión. Para distraerme un poco y olvidarme de la llamada, encendí el televisor, simplemente deje que la programación iluminara la oscura pantalla sin importar que mostraba. La meta de distraer mis pensamientos, no resulto, mi mente seguía dando vuelcos nerviosos, ¿Estaría ya tan paranoica como mis vecinos? Mi mente se congeló al recordar al “Homeland Security”, aquella organización que se creó luego del 9/11, donde el gobierno de este país se atribuyó el derecho de analizar todo tipo de comunicación dentro y fuera del territorio. ¿Será que el Nombre de James P. Baldwyn encendió alguna alarma en el gobierno?

Esa noche la pasé sola en casa, mi marido estaba en una convención y mis hijas en un campamento escolar. No me fue posible conciliar el sueño, mi mente seguía activa tratando de desmenuzar la información, en verdad deseaba que fuera una simple broma. Los ruidos nocturnos me parecieron por demás alarmantes y más de una vez encendí la luz del jardín, sin encontrar algo fuera de lugar. A la mañana siguiente, aún muy alterada, traté de buscar tranquilidad en el jardín, la floricultura siempre me había ayudado en mis peores momentos, hoy no lo logró. Al regresar al interior de la casa noté un sobre que habían deslizado por debajo de la puerta. Esta vez el sobre no estaba sellado y no tenía destinatario, por lo que, decididamente, lo abrí. El sobre narraba: “Estás siendo observada, en el interior de la casa existen documentos importantes que podrían cambiar el destino de la nación”.

 Al leer aquellas líneas quede petrificada. Continué leyendo. El resto eran instrucciones precisas de cómo ubicar dentro de la casa dichos documentos. Ahora si no pude más, era la oportunidad de ver si lo que estaba ocurriendo era real, sentía los latidos de mi corazón dictando el ritmo a mis piernas. Seguí las instrucciones al pie de la letra…Descubrí que el sótano, en algunas partes, tenía pared falsa e incluso un mecanismo para deslizarla, revelando una caja fuerte en una de las esquinas. Moví el dial de acuerdo a la combinación que se encontraba en la nota y ahí estaba, una bolsa metalizada completamente sellada y en el centro, el sello del águila. La nota indicaba que debía llevar esta bolsa al parque que se encuentra a un par de millas de la casa, que cada vez siento más ajena.

Ya en el parque, la instrucción era ir a la banca que está justo frente a un pequeño lago artificial, sentarme ahí por un plazo de cinco minutos, dejar la bolsa del lado derecho y luego retirarme sin voltear atrás. Cuando encontré la banca indicada, mi corazón ya no bombeaba sangre, ahora solo corría adrenalina por mis venas, no quería voltear a ver nada, absolutamente nada. Fui directo a la banca que se encontraba sola, me senté y trate de ver el paisaje, y aunque lo tenía ahí, me encontraba completamente ciega. De pronto, mi vista nublada, comenzó a enfocar un anuncio que se encontraba del otro lado del lago que versaba “Beware, you’ve been watched”. Los cinco minutos transcurrieron, lo sabía bien porque usé el cronometro del reloj de pulso de mi marido, debía seguir las instrucciones al pie de la letra. Al llegar al término indicado, simplemente me levanté, di media vuelta y regrese al camino por donde había venido.

 Esa noche finalmente la pude dormir. Al medio día tenía que ir por mis hijas a la escuela, y mi marido regresaba más tarde. Debía contarles lo que había ocurrido. Salí como todas las mañanas a recoger el diario local, me prepare un café y un bagel y me dispuse a leer las noticias. Pasé las paginas sin mayor interés cuando en la página 4, la fotografía del parque donde había estado hacia menos de 12 horas, mostraba una manta blanca tendida junto a la banca en la que me había sentado y varios agentes de la policía a su alrededor. Decididamente leí la noticia. Declaraba muerto de un infarto durante un jogging matutino a nada más y nada menos que James P. Baldwyn. La nota indicaba que el occiso tenía en sus manos una nota que decía: “Nothing is what it seems”.

La nota hizo eco en mi mente… Nada es lo que parece.

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